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lunes, 19 de febrero de 2018

De cómo el ska encontró al mambo (CUBA-JAMAICA)



De cómo el ska encontró al mambo
Desde Londres, una banda retoma las tradiciones musicales de Cuba y Jamaica, y a partir de ello inventa el ritmo que pudo haber sido.........
Hay muchísimas recetas para crear buena música. Doy aquí una de las más recientes. Se toman dosis generosas de los ritmos clásicos de Cuba y Jamaica, dos de las islas caribeñas de mayor riqueza e influencia musical. Se mezclan bien, poniendo especial cuidado en hacerlo con imaginación y joie de vivre. La combinación se adereza después con pizcas de humor, y gana mucho si además se adereza con ingredientes tomados de otros ritmos de esa misma área geográfica. Revuelva bien todo eso en la batidora, hasta que quede convenientemente mezclado. Sírvalo sin colar, al estilo del daiquirí. Su aceptación y su éxito se garantizan de antemano, pues está causando un verdadero furor en sitios tan heterogéneos como Londres, Tokio, Madrid, Toronto, Atenas, San Francisco, Berlín y Oslo. Ah, sí, el nombre: se llama Ska Cubano.
El nombre define breve pero expresivamente el perfil conceptual que dio origen a un grupo que radica en Londres, pero del cual se puede afirmar que espiritualmente tiene un pie en Santiago de Cuba y el otro en Kingston. A sus dos creadores, los británicos Peter A. Scott y Natty Bo, se les ocurrió la idea de reivindicar y retomar las tradiciones musicales de Cuba y Jamaica, y a partir de ello inventar la música que pudo haber sido. Mas dicho así, puede resultar muy vago, muy poco claro, por lo que se impone proporcionar algunos antecedentes históricos.
Hasta 1959, existían contactos muy fluidos entre los músicos cubanos y, en particular, los de Santiago, con los de las islas cercanas. El calipso, por ejemplo, gozó de mucha popularidad en la década de los cuarenta y principios de la de los cincuenta. Incluso el legendario Compay Segundo grabó en esos años un álbum de calipsos. De igual modo, la musica cubana tuvo una considerable influencia en los países caribeños. Dos importantes instrumentistas del ska jamaicano, el saxofonista Roland Alphonse y Laurel Ailken, "el padrino del ska", habían nacido en Cuba. Y Latin Goes Ska, uno de los temas de The Skatalites, toda una institución dentro de ese género, es una versión instrumental del Pachito e Che, popularizado por Benny Moré. Pero después del 59, esos vínculos se perdieron y los músicos de Cuba y Jamaica siguieron rumbos distintos. El proyecto de Ska Cubano aporta una posible respuesta a la interrogante de cuál habría sido la música hecha en esas dos islas, si aquel intercambio hubiese continuado.
Peter A. Scott, fundador y director de producción de Ska Cubano, conocía Cuba por haberla visitado en viajes de negocios durante diez años. Fue entonces que descubrió su música, de la cual se enamoró. Por otro lado, también había estado en varias ocasiones en Jamaica, y era (es) fanático del calipso, el rocksteady, el mento y el ska. Aburrido de su trabajo, decidió probar suerte en la música y fundó una compañía discográfica. A su favor tenía el conocer a algunos de los grandes nombres del ska londinense. Entre ellos se hallaba Natty Bo, pintor, compositor, D.J. y cantante de la famosa banda los Top Cats. Además de ser uno de los principales exponentes del ska hecho en Inglaterra, Bo es un gran admirador de los ritmos tradicionales cubanos, y posee una colección de discos de 78rpm con música cubana de los cuarenta y los cincuenta. De manera que la idea de Scott de crear una historia alternativa de la música de Cuba y Jamaica le pareció fascinante. Fue así fue como ambos, acompañados por unos pocos músicos más, tomaron un avión rumbo a la Isla.
En sus viajes anteriores, Scott había hecho de Santiago su segundo lugar, de modo que cuando llegaron a comienzos del año 2002 le fue fácil reunir a un numeroso grupo de artistas. Bo y Megumi Mesaka, "probablemente la mejor saxofonista de ska del mundo", en opinión de Scott, dedicaron los primeros ensayos a familiarizar a los instrumentistas cubanos con el tempo del ska, que combina elementos del calipso y el mento con el rhythm and blues y el jazz norteamericano. Al principio les resultó difícil, pues estaban habituados al de ritmos autóctonos como la rumba, el son, el guaguancó. A su vez, Bo tuvo la oportunidad de beber nuestra música en sus fuentes más genuinas. Él mismo ha comentado que va a Santiago a escribir canciones, a trabajar en los arreglos, a absorber sus vibraciones y a limpiar su cabeza de polución cultural.
Particularmente curiosa es la historia de cómo encontraron a la persona que buscaban para que cantase en español, junto con Natty Bo. Realizaron unas cuantas pruebas, pero no hallaron a nadie capaz de combinar de manera convincente los ritmos tradicionales cubanos con el ska. Bo ha contado que un día estaba sentado en un viejo bar santiaguero, cuando en eso vio llegar a un hombre. Puso en algún lado la cerveza que traía, tomó el tres y empezó a cantar. "Su voz, recuerda, penetró las paredes. La gente dejó lo que estaba haciendo para escucharlo. Y de inmediato supe que tenía que pedirle que se uniera a nuestra banda". Encontrar a Beny Billy (su verdadero nombre es Juan Manuel Villa Carbonell) fue una cosa, mas convencerlo de que grabara con ellos fue otra muy distinta.
Aquel hombre había llevado una existencia muy dura. Su infancia estuvo marcada por la pobreza, y desde que tuvo edad para ello, se ganó la vida en oficios tan poco fáciles como el de boxeador. La muerte de la abuela que lo crió lo sumió en una aguda crisis depresiva, y eso lo llevó al alcoholismo. Cuando Natty Bo lo descubrió, Beny Billy sobrevivía cantando solo por las calles santiagueras y de lo que daban los turistas por dejarse fotografiar. Todas esas circunstancias habían hecho de él una persona rebelde y con una gran desconfianza ante quienes se le acercaban para hablarle de grandes planes. A esto Natty Bo agrega que muchos productores extranjeros van a Cuba, usan a los músicos y luego se van. De ahí que entre los cubanos se ha creado un sentimiento de recelo e inseguridad.
La sorpresa que experimentó Natty Bo en aquella ocasión se comprende cuando uno escucha cantar a Beny Billy. Pese a que nunca estudió música, posee una voz afinada, cálida, de agradable timbre, calificada por el diario británico The Guardian como "hermosa, rica y aterciopelada". Es además asombroso lo mucho que recuerda a la de Benny Moré, con quien él dice tener una conexión espiritual. "Llevo su espíritu en mi cuerpo", afirma con mucha convicción. Tanta es la similitud entre sus voces, que es él quien interpretó la banda sonora del largometraje El Bárbaro del Ritmo. Sin embargo y aunque su abuela era de origen jamaicano, Beny Billy nunca había oído hablar del ska. Algo, por lo demás, comprensible, dado que en su etapa de florecimiento, la década de los sesenta, sólo se popularizó en Jamaica y, en menor medida, en Inglaterra. Algo distinto a lo ocurrido con el reggae, cuyo éxito a partir de la década siguiente se extendió a numerosos países.
Una vez resuelto el problema del segundo cantante, Scott y Bo empezaron a grabar con el grupo de músicos que habían reunido. Aquélla fue, como se dice en las notas del folleto que acompaña el segundo compacto, "la primera banda de ska cumbia de Cuba, formada por lo que hoy es Ska Cubano más otros músicos, y originalmente planeó romper los esquemas presentándose bajo el nombre de la Orquesta Chispa Tren". Las sesiones de grabación se realizaron en el Estudio Siboney de la EGREM, en Santiago, y las mezclas se hicieron después en Londres. Al regresar a Inglaterra, se materializó el proyecto de crear una banda con representantes destacados de las músicas de Cuba y Jamaica. Además de los dos cantantes, Natty Bo y Beny Billy, y de la saxofonista Megumi Mesaka, pasaron a integrarla el bajista matancero Rey Crespo, quien residía en Londres; Jesús Cutido, carismático tresero de Las Tunas, Eddie Tan Tan Thornton, legendario trompetista jamaicano entre cuyos créditos están el haber tocado con Bob Marley, los Beatles, Jimy Hendrix y los Rolling Stones; y el veterano baterista Dr. Sleepy, original de la isla de Montserrat.

Un cóctel enriquecido con otros ingredientes
La carta de presentación de este proyecto pancaribeño fue Ska Cubano (Casino Sounds, Londres, 2004), un disco compacto compuesto por dieciséis temas. Muchos son revisitaciones de éxitos que fueron populares en décadas anteriores ( BabalúYiri Yiri BonBárbaro del RitmoRelax and MamboLoca RumbaCon el Chan ChanChangóWho's Afraid of the Big BadWolf?). Los restantes fueron compuestos por Natty Bo para integrar el repertorio inicial de la banda. Llevan títulos muy expresivos: Revolutionary SkaMalanga SkaRelax and MamboBembé for Changó. Varios son instrumentales, y en todos la cadencia del ska jamaicano sirve de base para recrear sonoridades características del son, el mambo, la rumba y el changüi. Tan bien mezclado e irresistible cóctel brinda al santiaguero Beny Billy una estupenda plataforma de lucimiento, y es en este primer compacto, en particular, donde su voz más recuerda a la de Benny Moré. Es él, por cierto, quien más participación tiene como cantante, pues a Natty Bo sólo se le escucha en Revolutionary Ska y en Malanga Ska.
Aquel primer trabajo estaba repleto de buena música bailable y fue recibido con entusiasmo tanto por el público como por la crítica. En el mismo se incluía un tema, Coqueteando, en el cual la banda ampliaba su marco de referencia al incorporar la cumbia colombiana. Su compositor fue el prolífico e iconoclasta Lucho Bermúdez, a quien también pertenece San Fernando, rebautizado como Ska Cubano. Era el adelanto de algo que el grupo anunciaba en las notas del folleto que acompaña el compacto: "Ska Cubano wasn't the first to experiment with ska/ cumbia fusion —a totally natural musical Irbid— but we have dug about as deep as you can go into the roostocks; our second album will be a lot about cumbia". No quedó sólo en promesa: tal apertura a los ritmos del Caribe continental aparece mucho más desarrollada en varios de los catorce temas que conforman el segundo compacto, ¡Ay Caramba! (Cumbancha, 2006). Con él, Ska Cubano inauguró el sello discográfico de nueva creación que dirige Jacob Edgar, un productor y etnomusicólogo que provenía de Putumayo World Music.
Los propios títulos de muchos de los temas del primer álbum denotan la fuerte presencia que en el mismo tienen la influencia africana, algo que Cuba y Jamaica comparten. Su presencia no es tan importante o, por lo menos, tan explícita en ¡Ay Caramba!, pues como antes apunté aquí el cóctel se ha enriquecido con nuevos ingredientes. La banda además es ahora más numerosa: si en los créditos de Ska Cubano figuraban cinco músicos, en los del segundo compacto la cifra se eleva a doce. Saxofones, piano, percusión y tres son los instrumentos que dominan, pero en algunos temas se han incorporado clarinetes, marímbula, bombo, botijuela, bombardino, flauta. Incluso en Bobine, un antiguo merengue haitiano, se suman los sonidos extraídos de varios instrumentos agrícolas, siguiendo el modo como se interpretaba tradicionalmente.
En la cubierta del compacto, Natty Bo y Beny Billy aparecen vestidos según la moda que imperaba cuatro o cinco décadas atrás. Esa imagen armoniza con la estética retro de la banda. En ese sentido, es obvio que su propuesta tiene mucho de nostalgia, lo cual no le impide que suene novedosa y moderna. Aunque su base rítmica descansa en la tradición caribeña, la libertad e imaginación con que ésta ha sido combinada y reelaborada logra que la música que de ello resulta sea familiar y, a la vez, distinta. Escúchense, por ejemplo, TabúCachita o Marianao, todas canciones muy conocidas. En esencia, uno reconoce las composiciones de Margarita Lecuona, Rafael Hernández y Ramón Argote. Pero interpretadas por Ska Cubano adquieren un ritmo más relajado y un latido de inconfundible cuño jamaicano.
Ese mismo espíritu anima las recreaciones de Soy campesinoBig BambooIstanbul (Not Constantinopla). Por cierto, algunos de esos temas constituyen recuperaciones y hallazgos de Natty Bo. Tal es el caso de Tungarara, una canción infantil selvática del colombiano Isaac Villanueva que es una auténtica joya. En esa lista de rescates se debe incluir también Jezebel, esa oda a la máxima representante de las rameras sadomasoquistas compuesta por Wayne Shanklin. Bo la sometió a "una producción de insistente ska rock con sonoros vientos que podría haber sido hecha por Phil Spector para Ike Turner (bueno, si ambos supieran sobre ska y conocieran a músicos cubanos)". Mas su contribución no se limita sólo a los arreglos. En este compacto se le oye más como cantante ( ¡Ay Caramba!JezebelBig Bamboo) y es además compositor de algunos de los mejores temas: ¡Ay Caramba!Chispa Tren y Oye Compay Juan, este último compuesto junto con Gisela Navea y Beny Billy.
Sería imperdonable que no me refiriese a la cuidada y primorosa edición que distingue a los dos compactos. La cubierta del primero está diseñada al estilo de la de los discos de los años cuarenta y cincuenta, un tratamiento que también se da a las fotos. Ambos álbumes cuentan además con un folleto que reúne unas sucintas pero muy útiles notas sobre cada uno de los temas incluidos. Son textos que no tienen desperdicio, pues además de la información que proporcionan están redactados con mucho desenfado (los escribió Peter A. Scott). Como botón de muestra, léase éste perteneciente a Oye Compay Juan: "Beny Billy (su nombre en el pasaporte es Juan Manuel Villa) es el Compay Juan de esta canción, un son tradicional que su esposa compuso para recordar los buenos tiempos en Las Yaguas, cerca de Santiago. Natty Bo le dio un tratamiento a lo Ska Cubano: golpeando el tres, bombeando la línea de bajo, haciendo sonar el saxo barítono. Resultado: el primer ska-son heavy metal del mundo, preparado para destrozar los conos de tus parlantes y garantizar un Comportamiento Anti-Social instantáneo".